Santiago, veintisiete de diciembre de dos mil dieciséis.
Vistos:
En autos RIT O-37-2015, RUC 1540045800-13, del 2º Juzgado de Letras de Buin, doña María Clarisa Quezada Gallardo, don Pablo Rafael, doña Marcela y doña Jacqueline, todos Miranda Quezada, dedujeron demanda de indemnización de perjuicios en procedimiento ordinario del trabajo en contra de Colmenares Werner Limitada, en razón de la muerte del cónyuge y padre de los demandantes, solicitando se le condene al pago de cien millones de pesos o lo que el tribunal determine, con costas.
Por sentencia de veintiocho de enero de dos mil dieciséis, se rechazó la demanda en todas sus partes, sin costas.
En contra de la sentencia de base, la parte demandante dedujo recurso de nulidad, pidiendo, en definitiva, se dicte sentencia de reemplazo y se acoja la demanda con costas.
La Corte de Apelaciones de San Miguel, por fallo de cuatro de mayo de dos mil dieciséis, rechazó el recurso de nulidad, al estimar no haberse incurrido en las infracciones denunciadas, sin costas.
En contra de dicha resolución los demandantes dedujeron recurso de unificación de jurisprudencia, solicitando que se lo acoja y que se dicte la correspondiente sentencia de reemplazo que unifique la jurisprudencia en el sentido que proponen, con costas.
Se ordenó traer los autos en relación.
En autos RIT O-37-2015, RUC 1540045800-13, del 2º Juzgado de Letras de Buin, doña María Clarisa Quezada Gallardo, don Pablo Rafael, doña Marcela y doña Jacqueline, todos Miranda Quezada, dedujeron demanda de indemnización de perjuicios en procedimiento ordinario del trabajo en contra de Colmenares Werner Limitada, en razón de la muerte del cónyuge y padre de los demandantes, solicitando se le condene al pago de cien millones de pesos o lo que el tribunal determine, con costas.
Por sentencia de veintiocho de enero de dos mil dieciséis, se rechazó la demanda en todas sus partes, sin costas.
En contra de la sentencia de base, la parte demandante dedujo recurso de nulidad, pidiendo, en definitiva, se dicte sentencia de reemplazo y se acoja la demanda con costas.
La Corte de Apelaciones de San Miguel, por fallo de cuatro de mayo de dos mil dieciséis, rechazó el recurso de nulidad, al estimar no haberse incurrido en las infracciones denunciadas, sin costas.
En contra de dicha resolución los demandantes dedujeron recurso de unificación de jurisprudencia, solicitando que se lo acoja y que se dicte la correspondiente sentencia de reemplazo que unifique la jurisprudencia en el sentido que proponen, con costas.
Se ordenó traer los autos en relación.
Considerando:
Primero: Que la materia de derecho, objeto del juicio que el recurso eleva a
esta Corte consiste en determinar “si la acción para demandar indemnización de
daño moral es transmisible, o intransmisible”. Se justifica el recurso en la
infracción de los artículos 88 de la Ley 16.744 y 951 del Código Civil, los que
habrían sido vulnerados al decidir que la acción indemnizatoria para reclamar el
daño moral del causante es intransmisible.
Segundo: Que, previo al examen de fondo propiamente tal, se hace
necesario establecer si la pretensión del recurrente cumple con el requisito de
traer a esta sede “distintas interpretaciones respecto de la materia de derecho de
que se trate, sostenidas en diversos fallos emanados de tribunales superiores de
justicia y que haya sido objeto de la sentencia contra la que se recurre”. Al efecto,
según se advierte de lo anotado en el motivo primero que antecede, el recurrente manifiesta que pretende se uniforme la jurisprudencia en torno a la transmisibilidad
o no de la acción indemnizatoria para reclamar el daño moral del causante. Con la
finalidad de justificar diversas interpretaciones respecto a la materia de derecho
que propone, invoca la sentencia de esta Corte, Rol 2073-2009, y los fallos de la
Corte de Apelaciones de Santiago, roles 606-2010 y 3591-2000. Mientras la
sentencia de esta Corte coincide con aquella que se impugna estableciendo la
intransmisiblidad de la acción indemnizatoria del causante, aquellas de la Corte de
Apelaciones de Santiago se pronuncian en un sentido contrario, afirmando la
transmisibilidad, satisfaciéndose de esta manera el requisito de contraste que
exige el presente recurso.
Tercero: Que, examinado el fallo impugnado, se advierte que la Corte de
Apelaciones de San Miguel, en lo que respecta a la materia de derecho que se
pretende unificar, luego de asentar como premisa que la demanda indemnizatoria
busca la satisfacción del daño padecido por el causante, invocando los
demandantes su calidad de herederos, la rechaza, en razón de la imposibilidad de
acreditar el “daño moral sufrido personal e íntimamente por la persona fallecida
que tiene el carácter de personalísimo”. Asume, en consecuencia, el carácter
personalísimo del daño moral sufrido por el causante, lo que impide la
transmisibilidad. De ahí, concluye, que no hay infracción a los artículos 88 de la
Ley 16.744 ni tampoco al 951 del Código Civil. En el mismo sentido se pronunció
la sentencia de base, indicando que “la circunstancia de que el resultado del
accidente laboral sea la muerte del trabajador, no podría implicar, una alteración
de lo antes señalado, desde que la esencia de la indemnización que se entrega a
la víctima de un accidente laboral, por su daño moral, es reparatoria de su aflicción
personal. No es, por lo tanto, un resarcimiento con carácter sancionatorio, aun
cuando se trate de la pérdida de la vida como consecuencia del incumplimiento del
deber de protección”. Y se agrega que “en consecuencia…la acción del que sufre
un accidente del trabajo y producto de ello muere, se extingue con este último
acontecimiento, pues resulta inherente a su persona y, en consecuencia,
intransmisible, resultando innecesario un análisis de la conciencia que pudo tener
el afectado de lo que le ocurría y el tiempo de sobrevivencia del mismo”.
Verificado el contraste necesario, corresponde dirimir la diferencia
interpretativa en relación a la materia de derecho que se propone al haberse
justificado discrepancias relevantes en la jurisprudencia en lo que refiere a la transmisibilidad o no de la acción indemnizatoria que le corresponde al trabajador
fallecido.
Cuarto: Que, previo a la cuestión sustantiva, se deben tener en cuenta
ciertas premisas importantes para la solución de la controversia que quedaron
asentadas en la instancia:
- Don Rafael Ramón Miranda Seguel era trabajador de la demandada y
falleció el 21 de diciembre de 2013 por falla orgánica múltiple durante su
traslado a la ciudad de Santiago producto de encontrarse infectado con
el virus hanta.
- El contagio se produjo probablemente a la época en que el trabajador se
desempeñaba para la empresa en la localidad de Collipulli.
- La empresa demandada no aplicaba medidas pertinentes para reducir
los riesgos a la salud de los trabajadores.
- La empresa demandada, en general, no cumplía con todas y cada una
de las medidas de seguridad para proteger a los trabajadores.
- El trabajador fue trasladado a la ciudad de Santiago en “malas
condiciones”.
- Los hechos se calificaron como accidente del trabajo y se concluyó la
responsabilidad de la demandada.
Quinto: Que el problema jurídico que se presenta a unificación constituye
un asunto en disputa tanto doctrinal como jurisprudencial, en que se enfrentan
diversas posiciones que, conforme distintos argumentos, se han inclinado en una
u otra posición. Resulta necesario esclarecer el debate y los argumentos que se
exponen en uno u otro sentido. Para aquellos que abogan por la intransmisibilidad,
el daño moral es una cuestión personalísima, dado que sólo puede padecerlo la
víctima directa. Es la noción misma del daño moral lo que impide la transmisión de
la acción. Al comprenderse el daño en términos de pretium doloris, como el
padecimiento sicológico, angustia o pesar de la víctima, mal podría transmitirse el
daño. Descartamos desde ya este argumento. La noción del daño moral ha
avanzado a una comprensión más amplia que el mero padecimiento sicológico o
pretium doloris, debiendo entenderse a partir de la fractura al proyecto de vida de
la persona en razón del accidente lo que impacta en la esfera de la personalidad
de la víctima. De ahí que a partir de la autodeterminación de la persona a trazar su
propio proyecto de vida merezca reparación la afectación a las diversas facetas de
su existencia. Esto permite ampliar la noción del daño moral y recoger como daños específicos la pérdida de agrado, el perjuicio corporal, el daño fisiológico,
estético u otros. Cabe agregar que el daño es personal, cualquiera sea, sólo la
víctima lo padece, con independencia si es patrimonial o extrapatrimonial. Por lo
mismo el daño para ser indemnizado debe cumplir con el requisito que sea
individual, que afecte a la víctima que demanda su reparación. Pero de eso no se
deriva que la acción para reclamarlo sea intransmisible, aunque el daño en si
mismo si lo sea. Nadie puede padecer por otro o recibir el dolor, la angustia o las
dolencias síquicas por no realizar actividades que antes del accidente podía llevar
a cabo. En consecuencia, no es relevante que el daño sea individual o
personalísimo si se quiere, pues el objeto de la transmisión no es el daño sino que
la acción para reclamarlo. Aunque el daño sea personal, de eso no se deriva el
carácter intransmisible de la acción indemnizatoria, pues el contenido de ésta es
de índole patrimonial. El otro argumento que se ha esgrimido para impedir la
transmisión de la acción es la función de la indemnización del daño moral. Ésta no
tiene por objeto la reparación, pues una vez acaecido el daño moral nada puede
repararlo en el sentido de restablecer la víctima al estado anterior al mismo. La
función de la indemnización, se suele afirmar, consiste en otorgar a la víctima una
satisfacción alternativa, mas no reparatoria. Esta satisfacción de índole
compensatoria sólo se lograría en la víctima directa, sin que pudieran reclamarla
sus herederos, dado que no se lograría cumplir con la finalidad del daño moral.
Este argumento también debe excluirse. Desde el momento que aceptamos que
verificado el daño moral nace una acción para reclamar la indemnización, existe
un carácter patrimonial que se introduce. Mientras el daño lo calificamos como
extrapatrimonial para diferenciarlo del daño emergente y lucro cesante que
repercuten en forma inmediata en el patrimonio, acá, tratándose del daño moral,
éste se refleja en una pretensión a través de la acción que busca la
indemnización, pero también con una impronta patrimonial. La acción, en cuanto
cosa, es un bien, al que corresponde calificar como mueble o inmueble, según
dispone el artículo 581 del Código Civil. Dado que lo que se busca es la
indemnización en dinero cabe reputar la acción indemnizatoria como una mueble,
la que constituye un bien que se encuentra en el patrimonio del causante desde
que se verifican las condiciones para reclamar la indemnización por el daño moral
ocasionado. No podría justificarse el rechazo a la transmisibilidad en la función del
daño moral, pues como cualquier acción indemnizatoria lo que se busca con su
ejercicio es el pago de una cantidad de dinero que refleje el daño ocasionado. La acción debiera en si misma calificarse de personalísima para que no pudiera
transmitirse. El asunto sobre el cual existe controversia, entonces, radica en qué
razones pueden esgrimirse para justificar el carácter personalísimo de la acción
indemnizatoria del causante. Si uno atiende a lo dispuesto en el artículo 1097 del
Código Civil en relación al artículo 951 de ese cuerpo legal, el heredero representa
a la persona del causante en todos sus derechos y obligaciones transmisibles.
Debe, entonces, justificarse para la intransmisibilidad algún criterio que signifique
excluir a la acción indemnizatoria específica para reclamar el daño moral del
causante de aquellas transmisibles. El Código Civil establece en ciertos casos,
excepcionales, dicha intransmisibilidad. Así ocurre con el fideicomiso, el usufructo
y el uso o habitación, según lo dispuesto en los artículos 751 inciso 2º, 773 y 819
del Código Civil. Estos derechos importan un desmembramiento o limitación de la
propiedad, razón por la cual no se transmiten. El fundamento es económico, dado
que se prefiere la propiedad plena, para la cual rige la transmisibilidad. En otros
casos la intransmisibilidad se basa en un criterio de confianza, repudiando el
codificador la sucesión. Así ocurre en el albaceazgo dado el carácter de confianza
que se radica en el albacea -artículo 1279 del Código Civil- , lo que ratifica la regla
dispuesta a propósito del modo en el artículo 1095 del Código Civil. Sin embargo,
en la especie, no concurre ninguno de estos criterios para entender que la acción
indemnizatoria sea intransmisible. El legislador no lo ha dicho en forma expresa, lo
que puede entenderse, dado el surgimiento tardío de la indemnización del daño
moral, pero tampoco se justifica asignarle el carácter de intransmisible por razones
económicas o de confianza. Asignarle el carácter intransmisible a la acción, lo que
constituiye una excepción a la regla general, requiere un fundamento, que hasta
elmomento no se ha otorgado.
Sin embargo, queda hacerse cargo de lo dispuesto en el artículo 88 de la
Ley de Accidentes del Trabajo, según el cual “los derechos concedidos por la
presente ley son personalísimos e irrenunciables”. La sentencia de base alude a
este argumento normativo, al sostener en el motivo Undécimo que “lo antes
razonado -la intransmisibilidad de la acción- armoniza con el tenor del artículo 88
de la Ley 16.744, y, se ha venido razonando, en la íntima vinculación que las
pretensiones de esta clase tienen con la persona y que se verían desnaturalizada
ante un cambio de sujeto” (sic). En concordancia con este argumento, la sentencia
recurrida señaló que “el daño moral sufrido por el causante es de carácter
personalísimo y no puede estar sujeto a ninguna regla o padrón civil de transmisibilidad, lo que no impide, como ya se ha señalado demandar el daño
personal sufrido por los herederos”. Y concluye que no habría infracción alguna al
artículo 88 de la Ley nº 16.744. En relación a este precepto, debe considerarse
que al referirse a los derechos que se confieren al trabajador se alude a aquellos
de índole social, en particular las prestaciones médicas, por incapacidad, invalidez
y por supervivencia, contempladas en el Titulo V, pero no alcanza a las acciones
indemnizatorias previstas en el artículo 69. Lo contrario significaría que cualquiera
sea la naturaleza del daño cuya indemnización se reclama, daño emergente o
lucro cesante, no cabría la transmisibilidad, lo que atendido el artículo 2315 del
Código Civil resulta impropio. No corresponde interpretar dicho precepto en el
sentido que las acciones indemnizatorias serían personalísimas, limitándose el
ámbito de aplicación a las prestaciones sociales de las cuales se ocupa la Ley
16.744.
Asumiendo que los herederos son los continuadores de la persona del
causante, de acuerdo al artículo 1097 y 951 del Código Civil, no existe
discontinuidad en quien ejerce la acción ante los tribunales de justicia. Esta
aproximación suele ser compartida cuando se trata de una víctima directa que ha
sobrevivido al accidente, o en otros términos, en situaciones en que aquella no
murió en forma instantánea, sino que transcurrido un tiempo entre la causa del
accidente y la muerte. Así lo afirman en Chile, por ejemplo, el profesor Corral,
quien circunscribe el debate al caso “en que la muerte se produce inmediatamente
como consecuencia del hecho dañoso, y no del evento de lesiones que producen
la muerte a corto plazo, ya que en esta última situación parece claro que el
derecho a la indemnización, incluidos los daños morales, ha ingresado al
patrimonio del causante y es transmitido a su sucesión”. (Corral Talciani, Hernán,
Lecciones de responsabilidad civil extracontractual, (2003), p. 320 y 321).
El asunto se circunscribe a dirimir si la víctima padeció un daño moral que haya originado una acción que permita requerir la indemnización. Se trata de una cuestión de prueba a cargo de quien ejerce la acción, quien deberá acreditar el daño moral del causante y su calidad de heredero. La indemnización de ese daño moral requiere su prueba en la persona del difunto, lo que supone que éste fue titular de la acción para demandar la indemnización. Los hechos asentados en esta causa acreditan que la víctima directa no falleció en forma instantánea o de manera coetánea al accidente, sino que transcurrió un lapso dado que su muerte sucedió tiempo después del contagio y durante el traslado a la ciudad de Santiago al haberse manifestado la enfermedad mientras se encontraba trabajando para la demandada en el sur de Chile. Debe, en consecuencia, tenerse por un hecho que la víctima sobrevivió al accidente o acto negligente, lo que importa el ingreso de la acción a su patrimonio, y habilitaría a transmitirla a sus herederos. La doctrina nacional está más bien de acuerdo en que aquí debiera aceptarse la transmisibilidad y los herederos estarían habilitados para reclamar la indemnización del causante. En esta posición encontramos a Alessandri, Domínguez Hidalgo y Corral (Domínguez Hidalgo, Carmen, El daño moral, Santiago, Jurídica, 2000, p. 741; Corral, op. cit., (2003), p. 320 y 321; Alessandri Rodríguez, Arturo, Tratado de responsabilidad extracontractual, Santiago, Nacimiento, 1943, p. 467). Asumiendo que el trabajador cuyos herederos reclaman el daño moral de causante sobrevivió al accidente, no hay inconvenientes dogmáticos que impidan aseverar la transmisión de la acción para reclamar la indemnización por el daño moral.
El asunto se circunscribe a dirimir si la víctima padeció un daño moral que haya originado una acción que permita requerir la indemnización. Se trata de una cuestión de prueba a cargo de quien ejerce la acción, quien deberá acreditar el daño moral del causante y su calidad de heredero. La indemnización de ese daño moral requiere su prueba en la persona del difunto, lo que supone que éste fue titular de la acción para demandar la indemnización. Los hechos asentados en esta causa acreditan que la víctima directa no falleció en forma instantánea o de manera coetánea al accidente, sino que transcurrió un lapso dado que su muerte sucedió tiempo después del contagio y durante el traslado a la ciudad de Santiago al haberse manifestado la enfermedad mientras se encontraba trabajando para la demandada en el sur de Chile. Debe, en consecuencia, tenerse por un hecho que la víctima sobrevivió al accidente o acto negligente, lo que importa el ingreso de la acción a su patrimonio, y habilitaría a transmitirla a sus herederos. La doctrina nacional está más bien de acuerdo en que aquí debiera aceptarse la transmisibilidad y los herederos estarían habilitados para reclamar la indemnización del causante. En esta posición encontramos a Alessandri, Domínguez Hidalgo y Corral (Domínguez Hidalgo, Carmen, El daño moral, Santiago, Jurídica, 2000, p. 741; Corral, op. cit., (2003), p. 320 y 321; Alessandri Rodríguez, Arturo, Tratado de responsabilidad extracontractual, Santiago, Nacimiento, 1943, p. 467). Asumiendo que el trabajador cuyos herederos reclaman el daño moral de causante sobrevivió al accidente, no hay inconvenientes dogmáticos que impidan aseverar la transmisión de la acción para reclamar la indemnización por el daño moral.
Sexto: Que, por consiguiente, la correcta interpretación de la materia de
derecho es aquella que determina, en la especie, la posibilidad de los herederos
de reclamar la indemnización del daño moral padecido por el causante, debiendo
entenderse la acción transmisible conforme a los artículos 951 y 1097 del Código
Civil, sin que sea óbice lo dispuesto en el artículo 88 de la Ley 16.744. Sobre esta
premisa, el recurso de nulidad planteado por la demandante, fundado en la causal
del artículo 477 del Código del Trabajo debe ser acogido y anulada la sentencia
del grado, procediendo a dictar una de reemplazo, toda vez que conforme lo ya
señalado, se configura la infracción de ley denunciada en el referido arbitrio.
Por estas consideraciones y visto, además, lo dispuesto en los artículos 483
y siguientes del Código del Trabajo, se acoge el recurso de unificación de
jurisprudencia interpuesto por la demandante en contra de la sentencia de cuatro
de mayo de dos mil dieciséis, dictada por la Corte de Apelaciones de San Miguel,
y se declara que es nula, y acto seguido y sin nueva vista, pero separadamente,
se dicta la correspondiente sentencia de reemplazo en unificación de
jurisprudencia.
Redactó el abogado integrante señor Carlos Pizarro Wilson.
Regístrese.
N°33.990-2016.
Pronunciado por la Cuarta Sala de la Corte Suprema integrada por los Ministros
señor Ricardo Blanco H., señoras Gloria Ana Chevesich R., Andrea Muñoz S., y los abogados integrantes señores Carlos Pizarro W., y Jorge Lagos G. No firma el
Abogado Integrante señor Lagos, no obstante haber concurrido a la vista y al
acuerdo de la causa, por estar ausente. Santiago, veintisiete de diciembre de dos
mil dieciséis.